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Mi Yaya: una gran enseñanza final

Hace ocho semanas que escribía una carta a mi yayo. Hoy os voy a hablar sobre su mujer, mi yaya. He elegido este día porque hace 24 años aprendí lo que significaba morirse, y aunque quizás esto suene fuerte, ella me lo enseñó con su ejemplo.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Mi yaya, después de luchar contra una larga enfermedad se quedó sin fuerzas, principalmente porque ocho semanas antes el amor de su vida había decidido marcharse para "prepararle el Cielo". Ese Cielo que les vio enamorarse, crear una familia, amar a unos hijos y entregarse a sus nietos.

Mi yaya era como una extensión de mi madre, era un cariño constante, besos y más besos, le encantaba jugar conmigo y ser parte de mis fantasías y aventuras... Recuerdo que le encantaba coger mis manos, "sus manitas" como ella decía. Esas mismas manitas que le cogieron en sus últimos minutos de vida, pues Dios me dio el regalo de poder estar con ella (junto a mi madre) en sus últimos instantes a pesar de mi corta edad (tenía 10 años). Por primera vez, en primera persona, entendí lo que era morirse: dejar la vida terrenal para ir a una vida mejor, convertirse en un ángel guardián que me protege a diario, y sobre todo ver la dulzura de un momento que es todo tristeza. Dulzura porque volvería reunirse con sus seres queridos que añoraba: sus padres, su abuelita, y en especial con el amor de su vida. Es curioso, pero dentro del dolor, rabia y tristeza que sentí en un primer momento, al poco sentí paz y calma... Mi yaya ser marchó, pero su última lección llegó a lo más profundo de mi ser.

Para terminar os dejo una de mis primeras fotos...


Yaya, nos vemos esta noche en el País de los Sueños, vente con el Yayo que necesito abrazaros.




"La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes." (John Lennon)

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